Columna: Políticas, traiciones y algo más
Título: “Federalismo: la seguridad y el arte de fingir demencia”
Por: Marco González Kuri
La Presidenta Claudia Sheinbaum lanzó esta semana un mensaje incómodo: la seguridad es responsabilidad de los tres órdenes de gobierno, de la presidenta, de los gobernadores y de los alcaldes. Considerando que 96 de cada 100 delitos son del fuero común, según cifras de Encuesta Nacional de Victimización y Percepción Sobre Seguridad Pública (ENVIPE). Datos que muestran que son responsabilidad de los estados y ayuntamientos.
Y mientras la Federación refuerza programas sociales, despliega más elementos de la Guardia Nacional, refuerza la inteligencia financiera y recorre territorio, algunos gobernadores y alcaldes siguen practicando el deporte favorito de la vieja guardia política: fingir demencia.
El patrón ya es predecible. Cuando la violencia golpea —como ocurrió recientemente en Michoacán, donde comunidades enteras viven entre desplazamientos y emboscadas; en Guerrero, donde las ejecuciones exhiben la fragilidad del estado; o en Veracruz, donde los asesinatos de líderes regionales están encendiendo alarmas—Coahuila es ejemplo; el gobernador Manolo Jiménez actúa como si los brotes de violencia en la frontera fueran culpa de un fantasma federal que aparece por las noches, y no de cuerpos policiales que llevan años operando con inercias corruptas desde la época de los Moreira. En Guanajuato, la gobernadora Libia Denisse García Muñoz Ledo recita la frase “la Federación no hace su trabajo” mientras la entidad arrastra más de cuatro sexenios sin depurar su fiscalía. Y en Jalisco, Enrique Alfaro dejó una herencia de conflicto creciente disfrazado de discursos de indignación, dinámica que no ha logrado revertir Pablo Lemus, los mandatarios estatales se apresuran a declarar que “la Federación debe hacer más”
Pero cuando toca asumir sus obligaciones —policías estatales y municipales debilitadas, fiscalías que arrastran vicios históricos, regiones enteras sin presencia institucional mínima— entonces aparece el viejo truco del “federalismo interpretado a conveniencia”. Un federalismo que sirve para pedir recursos, pero no para asumir responsabilidades.
La presidenta, en cambio, ha sido clara: “Esto no funciona si cada quien anda por su lado.” Y tiene razón. México no puede avanzar si cada gobernador opera según su humor, su conveniencia electoral o su obsesión por la foto fácil. La seguridad no es un evento opcional. Es una obligación constitucional.
En su modelo de diálogo federalista, Sheinbaum propone algo que parece obvio, pero que muchos evaden: la Federación pone estrategia y recursos; los estados deben poner profesionalización y resultados; los municipios deben dejar de alegar que “no les toca” y asumir al menos la prevención y la presencia institucional básica.
Sin embargo, varios gobernadores actúan como si esto fuera optativo. Y mientras ellos hacen política, el crimen organizado sigue haciendo territorio.
La Presidenta está recorriendo estados, pidiendo cuentas, empujando agendas y exigiendo coordinación real. Algunos mandatarios, en cambio, siguen concentrados en anunciar operativos fugaces, presumir patrullas nuevas o publicar comunicados donde el único detenido es el sentido común.
El mensaje es contundente: si la Federación cumple, los estados ya no pueden seguir haciéndose los distraídos. Ni la seguridad, ni la justicia, ni el bienestar se construyen con gobernadores que administran la inercia o posponen decisiones para proteger pactos que todos conocen y nadie se atreve a nombrar.
Sheinbaum ha dejado claro que la coordinación no es cortesía; es deber constitucional. Y que quien no quiera corresponsabilidad, que deje de esconderse detrás del discurso federalista. Porque el federalismo también exige trabajar, responder y dar resultados. Como ella lo hace cada mañana, a las seis en punto, en su mesa de seguridad.
México ya llegó al límite donde la simulación no alcanza. La Federación está haciendo su parte. La pregunta es: ¿quién de los gobernadores dejará de fingir demencia… y empezará por fin a dotar de seguridad a sus gobernados?

































