La educación en el presente siglo / Gilberto Nieto Aguilar

La educación en el presente siglo

Gilberto Nieto Aguilar

Todo descubrimiento real determina un método nuevo, por lo tanto, debe arruinar un método anteriorGastón Bachelard

Al comenzar el siglo XX el mundo era habitado por 1,700 millones de personas, 11 ciudades o regiones conurbadas tenían un millón de habitantes y el 80 por ciento de la población vivía en el campo. Hoy existen 7,600 millones de habitantes, incontables zonas conurbadas de más de 10 millones de habitantes, y en el campo cada vez viven menos personas. La Unesco promueve una visión plural, abierta y flexible, una idea diferente del conocimiento e invita a repensar el mundo, a renovar los aspectos que nos rodean y a superar la imposición de modelos inflexibles y deterministas.

En la propuesta se recrea la idea de que la educación juega un papel primordial dentro de la sociedad, pero no basta cuando las políticas que la impulsan pertenecen a los sistemas de la tecnología y la economía. México entró en la modernidad con la reforma de 1993, pues estableció la educación básica obligatoria, fomentó el enfoque constructivista y creó un programa de estímulo al maestro. Pero quedó a deber con los programas de actualización para que los docentes entraran en el discurso y el debate de la modernidad proclamada, y pudieran aplicarla en el aula.

El Plan de Once Años cruzó los sexenios de López Mateos y Díaz Ordaz. La reforma de 1993 traspuso tres: Salinas, Zedillo y Fox, para toda la educación básica. Durante el siglo pasado no hubo otro plan a mediano o largo plazo con un sustento pedagógico capaz de ser evaluado por su pertinencia y contenido para favorecer la enseñanza y los aprendizajes de los niños y adolescentes mexicanos.

En los sexenios de Fox y Calderón, en el presente siglo, los niveles de educación básica se habían dispersado. Se decretó obligatoria la educación preescolar (2004), se aplicó otra reforma a secundaria (2006) y se inició una progresiva reforma en primaria (2009) adoptándose un enfoque por competencias. En cuanto a la cobertura, desde López Portillo la planta docente creció para llevar la educación a todos los niños y adolescentes en edad escolar.

Muchos buenos intentos a lo largo de la historia de la educación en México se han quedado en el discurso y la intención. En 2011, para volver a articular la educación básica, se crean nuevos planes y programas de estudio, basados en lo que podría llamarse “el siguiente paso de la Modernización Educativa”. La actualización docente y una estructura administrativa inoperante, han sido, entre muchos otros, obstáculos visibles para evolucionar y mejorar la educación en México.

En 2008 Calderón y Elba Esther Gordillo acordaron una Alianza por la Calidad de la Educación, se presume que bajo los auspicios de la OCDE, pero Calderón no se atrevió a ir más allá. Peña Nieto, en cambio, desde los primeros días de su mandato arrancó con las reformas estructurales y una “revolución educativa” (según él) basada en el modelo neoliberal de la meritocracia friedmana, con más visos de reforma laboral que educativa.

Al menos desde 1993 el concepto del trabajo en el aula sufrió en el papel oficial –en los planes y programas de estudio–, un cambio y una transformación importante. Sin embargo, el peso de la costumbre, los hábitos, la tradición expositiva y el control del grupo, muy arraigados desde el positivismo hasta el conductismo (más de cien años en México), no fue fácil que cedieran paso a las nuevas propuestas.

En aquella reforma nunca se habló abiertamente del desarrollo de habilidades ni del constructivismo, como si mencionarlos fuese un acto degradante. Tal vez el equipo técnico nacional no estaba suficientemente convencido que éste fuera el camino para transformar la educación en México, pero es obvio que fue un gran salto a la modernidad.

Sin embargo, la inmensa mayoría de los docentes no cambió su práctica en el aula. Sólo incorporó en su vocabulario la nueva terminología. Esto ha sucedido en cada reforma educativa que se ha implementado: se manejan en el discurso los conceptos pero no se aplican en el salón de clase en ninguna de sus formas, “ni procedimental, ni actitudinal, ni evaluativa”. Muchos aspectos han continuado igual. El cambio da pereza o miedo.

La capacitación (en cascada) ha sido un problema sin resolver, pues no llega de manera adecuada a la mayoría de los docentes. Aun cuando exista la posibilidad, por alguna oculta resistencia, no se aprovecha este potencial. Un magisterio que no se actualiza año con año no puede ofrecer una transformación social. Pero eso no es todo, no basta con eso. La educación requiere de los padres, de los medios, de la sociedad, de la estructura administrativa, de la jerarquía de mandos, de los tres ámbitos de gobierno.

Aunque abortada la reforma 2017, todavía paseará sus preceptos por las aulas hasta junio de 2021. Dicha reforma se realizó de una manera muy forzada y presurosa. Los tiempos se agotaban y fueron muchos los errores que se cometieron por esta razón. El tercer componente, Autonomía Curricular, fue un desastre porque en la Fase 0 se le dio un enfoque muy interesante que al siguiente año, en la implementación, hija de la improvisación, la prisa y la divergencia, dejó muchos cabos sueltos y desvirtuó el enfoque original.

La reforma de AMLO igual se percibía apresurada, obligada y hasta excluyente. Se dijeron muchas cosas y se temía algún desaguisado. Sin embargo, se la toman con calma y permiten un espacio para el análisis, la reflexión y revisión de lo existente y lo por venir, invitando a maestros, padres, académicos e interesados en el tema educativo a aportar ideas para la construcción de la nueva propuesta curricular, aunque es obvio que el sustento principal ya está definido.

Tanto la familia como la escuela son agentes de transmisión cultural y de cambio. Para ello necesitan alguna forma de vinculación que vaya un poco más allá de los acuerdos de buena fe. Algo que se extienda a la sociedad y en lo que coadyuven los medios para fortalecer la política que el Estado establezca. Sale sobrando decir que la SEP y sus filiales deben compartir y trabajar consensos, enfoques, proyectos, sin exclusión ni autoritarismo. Lo veo un poco difícil.

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