¿Pretendemos acaso sumir a México en el caos?

Pasando por encima de la ley,  corrompidos y corruptores intercambiando bacinicazos incitan a la población a profundizar ausencia de credibilidad y confianza en los procesos electorales, en los partidos políticos y, peor aún, en las instituciones republicanas. Cuánta razón asiste al titular de la Defensa Nacional cuando afirma que corrupción e impunidad dañan a nuestra democracia. ¿Dónde quedo entonces el Estado de Derecho?

Entre más deterioro acusa la vida política nacional, más se desquebraja el tejido social incidiendo negativamente en el quehacer económico, cerrándose el círculo perverso. Pareciendo ya nuestra vida en sociedad un culebrón más de los que Hollywood fabrica, poniendo en primer plano la perversidad de la CIA, agencia norteamericana de inteligencia cuya función, entre otras, está el espionaje en el ámbito internacional, llamado a desestabilizar y hundir gobiernos previamente etiquetados como enemigos de “América”.

Nada se salva, todo está trastocado por la corrupción impune. Sin corruptores no existirían esa pléyade de corrompidos anidados en el sector público y, viceversa, sin corrompidos no tendrían razón de ser los corruptos que, en busca de oscuros intereses personales y de grupo, pululan en el ámbito privado.

Muy al estilo mexicano, los escándalos de corrupción que empañan a toro pasado los procesos electorales, se sustentan en simples presunciones soportadas por “pruebas” obtenidas al margen de la ley. Suficientes para juzgar y condenar a los presuntos corrompidos sin tocar a los que desde las sombras corrompen y manipulan lo mismo la vida política que la voluntad popular. Suficiente para cuestionar y poner en duda legalidad y legitimidad de nuestra incipiente democracia.

Escenario en el que la mayoría de los medios de comunicación llevan su parte en este perverso proceso, en la medida en que se erigen como acusadores, agentes del ministerio público, jueces y verdugos, sirviendo de vehículo desestabilizador de una sociedad cada día más frágil y vulnerable. Basta un rumor, una especulación, un video o un audio obtenido al margen de la ley y estratégicamente filtrado,  para que la prensa se haga eco  y magnifique el escándalo. Lo paradójico es que es precisamente la prensa la que se siente ofendida por actos de espionaje atribuidos al  aparato gubernamental.

El espionaje da lugar al desgarre de vestiduras, pero también al escándalo mediático cuando de juzgar al corrompido se trata o al eslabón más débil de los corruptores. ¿Es que acaso la prensa está al margen, cual impoluta paloma del fenómeno perverso de la corrupción? ¿Yo insisto, ¿dónde quedó el Estado de Derecho? En tales condiciones, bien vale afirmar que la justicia es un mito cuyo correlato queda a la libre interpretación de los intereses coyunturales del momento.

¿Qué pretendemos con ello? ¿Acaso hundir a México auspiciando el caos?

Pareciera que sí.

Xalapa, Ver., 29 de junio de 2107

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