Mar profundo / Juan Noel Armenta López

Es de noche, la penumbra viene desde el mar. Hay filos de claridad que se cuelan sobre las aguas del mar. A lo lejos, se oye el chasquido de las grandes olas que vienen viajando desde allá por altamar. Llega hasta mi cara, una bocanada de aire fresco, aire soplado por bocas, de lejanos firmamentos. Por el calor, brota el sudor, se llena de agua mi frente, de líquido transparente y de cristalino sabor. Sigo vivo, gracias a Dios. Es el momento de cambiar, el rumbo de mi destino: cambiar el “seré” por el “soy”, vivir más el presente, para una vida mejor. No me aferro mucho a la vida, porque su rara permanencia, es fugaz y sorpresiva. Quiero seguir viendo el mar. Pero estoy sabido, que en menos de un parpadeo, se nos arruga la piel, y el cuerpo termina por no servir. Llegar a la ancianidad, disfrutar de un buen estado, es de gran felicidad, aunque un poco desgastado. He vivido mucho, me queda poco tiempo de vida, es ecuación innegable, reconocer la partida. Mientras tanto, disfruto de ver el mar, siempre me ha gustado estar de frente a las aguas de ese azul infinito que no tiene comparación. Me gusta mucho ese musgo, es verde y chamagoso, me mira con asombro, y se aleja presuroso. Mis ojos todavía, pueden ver hasta allá, hasta ese punto lejano, a donde se unen el cielo y el mar, en romance prodigioso. Y se va el sol, bostezando adormilado, ya mañana volverá, con su cara muy temprano. Y despierta ya la luna, con su cara pálida y quejumbrosa, vestida toda de blanco, y su pelo alborotado. Estoy a la espera, llevo tiempo viendo, no prende la luz del faro. Para encontrar mi destino, necesito de la luz del faro que ilumine mi camino. Hundo mis pies en el agua, y la cálida arena, resbala por mis dedos lastimados. Lo que me faltaba: Ahí viene José Cangrejo, patas de alambre, ojos crecidos, curioso me mira, mueve la cabeza, y prosigue su camino. Baja el agua de lluvia, gota a gota, y empapa mi ropa, desgajada por el tiempo. Sale humo de mi aliento, con grandes bocanadas, que se esparcen por el viento. Sigo aquí, en el mar, a la orilla de la playa, aquí en el paraíso de las aguas. Aquí sigo, el tiempo pareciera, estar detenido eternamente. Aquel tronco grueso, que se mira por la arena, desfalleciendo esta tirado, fue arrojado por las olas. Ese tronco grueso, repudiado por las olas, trae la espalda quebrada y la cara muy hinchada. Un sapo cachetón, que se para en el viejo tronco, convoca a todos los presentes, a ayudar al tronco caído, que se postra moribundo. A mi espalda, se yergue un filón hermoso, vigila cual guerrero, que las olas no descansen, y que cumplan su destino. La escarpada montaña, que aprisiona al cerro grande, desde su cordillera, muestra orgullosa sus paisajes de inmaculada belleza. Pescado fresco, pescado barato, sírvase ordenar, el pescado que traigo aquí, anoche durmió en el mar. Gritaba fuertemente así, aquel pescador viajero, don Pepe Tinajero. Gracias Zazil. Doy fe.