La violenta y atípica protesta / OSCAR PEDRO REYES CASTELAN

La violenta manifestación del lunes en la ciudad de Xalapa en supuesta protesta por los abusos policiacos a la que atribuyen la muerte del joven Carlos Andrés Navarro hace un mes en el cuartel San José de Xalapa, fue atípica, por decirlo de algún modo.

Es la primera vez que se presentan actos vandálicos de tal magnitud, destrozos en sucursales bancarias, comercios, a un medio de comunicación de la capital veracruzana caracterizado por su libre opinión y a un edificio religioso, y es también la primera vez que la policía no interviene ni mínimamente para contener esos actos de irracionalidad que solamente podían verse en Ciudad de México y hace casi una semana en Guadalajara, aunque también en otras partes del mundo, Estados Unidos en los últimas días por la muerte de George Floyd, asesinado por un policía racista. Lo de Jalisco, ya se ha dicho, fue otro acto raro por la furia orientada contra el gobernador Enrique Alfaro, a quien tendenciosamente se le señala de ser responsable directo de la agresión y asesinato de un hombre detenido por policías municipales de una demarcación de ese estado, no por la policía estatal, lo que dio pie al mandatario para indicar que la agresión fue orquestada desde los sótanos del poder del gobierno federal y gente de Morena. No hay pruebas de eso, pero sí la sospecha.

¿Y lo de Xalapa? La familia y amigos de Carlos Andrés se deslindaron de ésta y declararon a medios de información que ellos organizaron una marcha pacífica, pero jóvenes presumiblemente y otros anarquistas se infiltraron y organizaron otra con martillos y palos para vandalizar establecimientos particulares, un diario, una iglesia y el edificio de la SSP, a su paso por Manuel Ávila Camacho, Zaragoza, Primo Verdad y Xalapeños Ilustres, de lo cual hay evidencia en videos que circularon por las redes sociales. Un dato curioso es que atentaron contra la sede del Poder Ejecutivo, que generalmente es blanco de sus ataques, y despierta mayores suspicacias el hecho de que la policía ni siquiera vigiló el Palacio de Gobierno. En este contexto, una lectura es de que no fue una protesta propiamente por los abusos policiacos, los vándalos la emprendieron contra quienes se han erigido como los mayores críticos del actual gobierno federal y del estado: los empresarios, a quienes se les ha endilgado el mote de “conservadores” o “neoliberales”, a medios de comunicación que ejercen su libre opinión y a la sede de una iglesia, en lo que parece enviar un mensaje ominoso de represión.

El ofrecimiento del gobernador Cuitláhuac García Jiménez, de que se procederá contra los responsables de los daños ocasionados a propiedades privadas, pero no de los que sufrieron edificios como la torre de Seguridad Pública del Estado que es patrimonio público, es tambièn inquietante. ¿Cuál fue la razón para no cumplir con su obligación legal de hacer uso de la fuerza pública para salvaguardar el patrimonio particular de los ciudadanos? ¿Por qué no hubo detenidos de los responsables de esos destrozos en plena flagrancia? Parecería, además, que esta violenta manifestación tiene propósitos distractivos, ante la incapacidad oficial frente a las muertes que está causando la pandemia del coronavirus en Veracruz, uno de los estados donde se registra un mayor crecimiento de infectados.

Lo relevante, la muerte de un joven en una cárcel de la Secretaría de Seguridad Pública del estado en mayo pasado aparentemente por un paro cardiaco, versión que rechazan sus familiares debido a las lesiones que presentaba el cuerpo, sólo quedó en una mera promesa de hacer justicia, sin que hasta ahora tenga información de que haya detenidos o esté abierta una carpeta de investigación en la Fiscalía General del estado.

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