La vorágine noticiosa

CAMALEÓN

La vorágine noticiosa

Saber mentir, saber engañar, la falta de escrúpulos, la traición o la ingratitud cuentan entre las formulas requeridas para obtener éxito en una trayectoria política, en ese submundo la lealtad se constituye como una virtud porque vale su peso en oro, aunque no siempre es políticamente rentable. La divisa de Maquiavelo sobre que el fin justifica los medios sigue vigente, lo estaba aún antes de que la formulara porque finalmente la naturaleza humana influye decisivamente en la actividad política. Y se tiene como axiomática la capacidad histriónica del actor político, acaso también por ello se califica a la política como un arte.

Esto último viene a cuento por la indiscutible capacidad de Javier Duarte de Ochoa para mentir, es todo un caso para el diván del psiquiatra, pues del sitial de la titularidad del poder ejecutivo veracruzano (lo de gobernador en su caso equivaldría a un vil apodo, una aberración política) pasó a vivir en una celda en el Reclusorio Norte de la CDMX, y desde allí ocupa el tiempo que le queda libre para entretenerse en su deporte favorito: mentir en medios de comunicación. ¿Quién no recuerda hace apenas un año a Duarte de Ochoa asegurando frente a las cámaras de televisión que solo poseía tres inmuebles, dos de ellos productos de una herencia y uno más adquirido con crédito bancario? Aunque pocos días después emprendía la graciosa huida. Ahora niega el enorme patrimonio inmobiliario que le adjudican las investigaciones periodísticas pues según su versión son “fake news”, no tiene “ni una sola” propiedad, y “mi familia vive en un pequeño departamento que rentamos”. El cinismo es exponencial, la capacidad de mentir es infinita, pero tanto se conoce acerca de sus voraces incursiones en el erario que miente, pero ya no engaña.

Pero Duarte ocupa solo una minúscula fracción del diagrama noticioso nacional, destacado acá en la aldea pero la vorágine de notas periodísticas se sucede atropelladamente en el universo mexicano, gran parte del cual se ha apropiado Andrés Manuel López Obrador convertido desde hace años en fuente de noticias, más aún después de su éxito electoral y de haber adquirido la condición de presidente electo imponiendo la agenda noticiosa y un discurso al cual las circunstancias están obligando a variar, a veces cordial con el status establecido, a veces agresivo, en ocasiones hasta críptico como eso del “chivo expiatorio”, como califica a Rosario Robles, a quien el ala legislativa de Morena empieza a cerrarle el cerco.

Pero el discurso, decíamos, está cambiando de tono a medida que se acerca el gran día para los políticos de este país, sobre todo para quienes resultaron ganadores en la justa electoral, porque durante la campaña política ofrecieron un cambio casi inmediato después del triunfo. Pero la cercanía de la fecha en que se harán responsables de este gran país revela que las circunstancias para cumplirlas no acompañan a su deseo, y al advertir la dimensión de los problemas de enfrente comienza a escucharse un discurso de pretextos para adelantar que la “recuperación” ofrecida no vendrá pronto: Rocío Nahle asegura que reciben un país en ruinas, “una industria petrolera y eléctrica desmantelada, por lo que tardarán varios años en recuperarla… al país nos lo dejan en pedazos”. Lo cual no es exactamente cierto porque México sigue adelante con el gobierno que sea, solo que las expectativas fueron muy elevadas y alcanzarlas en lo inmediato fue producto de un sueño de verano.

Con la declaración de AMLO sobre la “bancarrota” del país, ahora no se sabe hasta qué grado será tersa esta transición de poderes de gobierno. No es mucho tiempo para olvidarlo el transcurrido entre el periodo de gobierno de Ernesto Zedillo (1994-2000) y el de Enrique Peña Nieto (2012- 2018), sin embargo existen sustanciales cambios en la conducta de los actores políticos que reflejan una transformación al interior del Sistema Político Mexicano, es el tránsito de un régimen a otro y se manifiesta de diferentes maneras. Por caso, durante el relevo de titulares de poder ejecutivo, de Salinas a Zedillo, hubo un abrupto rompimiento entre ambos políticos surgidos del PRI, porque tocó a Zedillo devaluar la moneda y para explicarlo expresó: “me dejaron una economía prendida de alfileres”, devaluación por cuyos efectos se entiende la pérdida de la presidencia en el año 2000. Ahora, cuando ambos presidentes, Peña y AMLO, supuestamente están en buenos términos a pesar de provenir de partidos diferentes, el presidente entrante declara que “la economía mexicana está en bancarrota”, desatando las protestas del empresariado que desmienten esa versión catastrofista, porque no la expresó un candidato, sino un presidente.

Y por esa vorágine noticiosa pasó desapercibida para la mayoría de los mexicanos el 17 de septiembre, un día histórico para la capital de la república pues entró en vigor la primera Constitución Política de la Ciudad de México, ya no Distrito Federal sino emergente entidad, ya sin supeditación política respecto del gobierno federal, con municipios en vez de Delegaciones, con Congreso Legislativo en vez Asamblea Legislativa. O sea, será una entidad autónoma, cuyo Congreso otorga “facultades a los ciudadanos, al jefe de gobierno, a las alcaldías y a los organismos autónomos capitalinos para que presenten iniciativas de ley”. Sin duda, un hito de histórica relevancia.

[email protected]

septiembre-18- 2018