La palabra de honor

Gustavo CADENA MATHEY

A propósito de colgarse medallas, uno que es tan cuidadoso de creer sí o no a los dimes y diretes que cotidianamente nos sorrajan los políticos; a veces a boca de jarro, a veces por radio bemba a veces a través de la prensa, ya no sabe ni a quién creerle.
Tradicionalmente los hoy viejos nacidos allá por los años cincuenta, fuimos educados por señorones engendrados a principios del siglo veinte, para respetar valores morales, entre ellos el de la palabra, hacer valer “la palabra de honor”.
Aunque los jóvenes no lo crean, muchos que aun seguimos dando lata en este mundo del que hablaba el poeta Ramón de Campoamor, todavía ilusamente queremos pensar que en estos tiempos persiste la palabra de honor.
Se nos crió para respetar valores y el más importante era el del honor en la palabra, si tu decías algo era porque así era, tal cual lo decías y no tenía uno que ir a comprobarlo, bastaba que te comprometieras a algo y se daba por hecho que lo cumplirías, de lo contrario no lo decías.
Más tarde, a partir de los años ochenta, todo se fue transformando, se fueron perdiendo paulatinamente esos valores, se empezó a desconfiar de la palabra empeñada y solo se podía creer si se exageraba diciendo que lo dicho era cierto porque se tenían “los pelos de la burra en la mano”, es decir, se refería a tener todos los argumentos necesarios para defender una idea, causa y lo que se hubiera dicho.
Por otra parte, siempre se consideró que el honor es una cualidad humana que se aplica sobre aquellos individuos que se comportan estrictamente de acuerdo a las normas morales y sociales aceptadas y consideradas como correctas en la comunidad o sociedad en la cual vive, lo que hace valer su palabra de honor.
Bueno apreciado lector, todo esto valga para comentarle que esos agua fiestas de la columna Templo Mayor del diario capitalino Reforma, publicaron recientemente que en los próximos días los diputados federales deben decidir si ratifican o no por otros ocho años al frente de la Auditoría Superior de la Federación, al señor Juan Manuel Portal.
Destacaron textualmente que “el Auditor lleva al pecho algunas medallas de peso, como la primera denuncia contra Javier Duarte, allá por el lejano 2012, por mal uso de recursos públicos; o haber dado la voz de alerta sobre lo que sería el gran fraude de Oceanografía, por mencionar dos de los más sonados casos que han pasado por sus manos”.
¡Ahí está el detalle!, diría Cantinflas. ¿cómo que el Auditor de la Federación denunció a Javidu “allá por el lejano 2012?, ¿pues no que otros lo hicieron antes que el susodicho auditor para que embotellaran al hoy imputado?
Vaya sainete, ¿a quién creerle?, solo es cuestión de ir a los archivos y saldremos de dudas para desmentir a esos aguafiestas y demostrar quén falta a su palabra.

EL PADRE SUAZO
Y si de políticos hablamos, hay que darle la razón al padre José Manuel Suazo Reyes  vocero de la Arquidiócesdis de Xalapa, quien declaró a  la periodista Claudia Montero de Al Calor Político, que quienes estén inconformes con los posibles candidatos a los cargos de elección popular dem una vez lo vayan soltando.
El Padre Suazo dijo que si bien aún no hay candidatos oficiales si los ciudadanos no están conformes con los que se mencionan deben hacerlo saber porque solo así pueden ser cambiados.
Invitó a la sociedad a participar en política y a expresar sus opiniones porque considera es la mejor manera de evitar la imposición y sobre todo porque se trata de quienes serán las próximas autoridades.
Eso es lo que ante todo debieran valorar los electores y no dejarse llevar por quienes llegan a los cargos haciendo promesas engañosas.
Se supone que los llegan a las candidaturas y cargos es porque superaron antes una rigurosa encuesta popular.
Tenga el lector una semana de paz y armonía.
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